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Imagina que un día cualquiera te despiertas con la imperiosa voluntad de escribir una novela. Enfrentarse a los primeros obstáculos, abrir las primeras puertas de las posibilidades narrativas, escuchar en voz alta lo que tu cabeza considera genial y digno de trascender, continuar leyendo pero alimentando la voracidad con otros ojos, discutir y tratar de entender cómo, porqué, cuándo… tener un día de epifanía y 6 de silencio, entender que el oficio se gana día a día, palabra a palabra. Esta fue mi experiencia con Lolita Bosch este verano, el comienzo de una aventura que se construye con letras.

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