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Mucha gente odia los talleres literarios y la entiendo. Yo pasé por algunos sin penas y con glorias porque sentía que me aceleraban el proceso “creativo” y con eso ya me era suficiente. Sin embargo, aquí no se trata de escribir cinco o seis líneas ingeniosas o de analizar el techo mientras miras cómo los demás escriben con una rapidez de la que tú careces. Lo más importante ha sido aprender a pensar antes, durante y después de ponerse al papel. Destripar los textos propios y ajenos. Disfrutar el momento de la mecanografía o de la caligrafía gracias al colchón que has rellenado con esmero. Escuchar a los otros. Tener tu momento “Eureka” y compartirlo o guardártelo para ti. Reconocerte en otros lletraferits de mundos distintos y de dudas cercanas.

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