Saltear al contenido principal
Lolita Bosch, Escritora, Activista Y Creadora Del Campus Literario.

Lolita Bosch, escritora, activista y creadora del Campus literario.

Lolita Bosch se pide un bocadillo de jamón ibérico, “cógete uno, son los mejores de Barcelona”, y me pido uno yo también, claro, convencida de que es el mejor de la ciudad. Delicioso. Al otro lado de los ventanales, el día va oscureciendo, pero escuchando a Lolita, la noción del tiempo cambia. Ella piensa hablando como si escribiera. Como si, de algún modo, en este momento tiempo y espacio se pudieran unir.

¿Qué son para ti las palabras?

Tengo una relación extraña, yo, con las palabras. Soy letrófila, no palabrófila. A mí me gustan mucho las letras. La primera vez que me compré una cámara de vídeo digital, intentaba escribir por la calle cogiendo letras. Y me di cuenta de que no las he idealizado, las palabras. Para nada. En cambio, las letras, sí. Las palabras a menudo me parecen trampa, ya que tenemos la sensación que todo lo contiene la palabra. Y no. El lenguaje no está en la palabra, está en la letra, creo.

¿En el sonido?

En las posibilidades. Y no tiene nada que ver con el idioma ni con las onomatopeyas. Una letra tiene posibilidades infinitas, mientras que una palabra ya está cerrada. Me gusta mucho más la libertad de la letra. Los psicoanalistas, por ejemplo, viven enamorados de las palabras. Y yo siempre pienso: haz el concepto, en vez de cogerlo terminado. Me gusta más.

Dentro tuyo, ¿hay unión o separación entre la palabra escrita y la palabra oral?

Unión. Es la única cosa con la que soy unionista. Sí. Hay unión porque como yo he aprendido el lenguaje, como ha entrado en mí, es oralmente. El lenguaje es un bien común. Esto no lo pierdo de vista. A mí me enseñaron a hablar, y cuando he ido a otro país he aprendido a hablar de otra manera. El lenguaje oral nos es común. Y escribir forma parte de esta comunidad, digamos. Es como si cogieras las cosas que tienen sentido, las aplastaras un poco y dijeras: de eso que compartimos, me quedo con este trozo. Esto es el lenguaje escrito.

¿Recuerdas cómo empezaste a escribir literariamente?

Empecé a hacer mis diarios a los 7. Ahora los tengo todos en orden. Tengo cajas y cajas. Quiero tener mi vida escrita. Con mi hija, por ejemplo, me cuesta mucho decirme “no lo escribas todo, no lo guardes todo”. Lo quiero guardar todo: la primera vez que fuimos a la playa, la primera vez que vio el Mediterráneo. Y se lo guardo todo escrito. Tengo piedras escritas en casa a punta pala. La escritura es una perta de entrada muy bestia a la intimidad. Es como el olor. Más que la fotografía, para mí.

La primera frase de mi primer diario es: “Me llamo Lolita Bosch y me gustan 38 niños”. Me gustaba mi clase entera. Lo quería escribir. Pero la primera vez que hice un cuento fue en segundo, creo. Se titulaba “El Arrencamuelas” y era tipo auca. A mí me daba mucha vergüenza presentarlo, y le pedí a mi amiga del cole, que es la tía más simpática del mundo y que es quien me dijo quiénes eran los reyes magos, que lo entregara a su nombre. Y ganó. Yo iba en una escuela muy grande, el TAU, y había un anfiteatro muy grande y recuerdo a mi amiga bajando a coger un ramo de flores el día de los Juegos Florales. Luego volvió a subir con el ramo de flores y me dijo “¡hemos ganado!”, y yo pensé: es genial que se lo sienta suyo. Eso me encantó. Porque es igual quién lo lleve. Es quiénes somos.

Y después, la primera historia que escribí literariamente es un cuento que pasa en el Sur de México, curiosamente, y es una mujer que se convierte en cactus esperando. Entonces aún me daba mucha vergüenza enseñar lo que escribía. Tenía 17 años. Con este cuento fui a ver a una mujer que daba clases en la calle Sant Pere Més Alt, que se llamaba Zulema Muret, y le dije “si te gusta, me becas”, ya que no tenía dinero para realizar el curso. Y me becó un año de taller. Era una maestra buenísima. Aquel verano me fui a vivir a los Estado Unidos, donde me quedé un año y donde escribí mi primer libro. Era un libro de poesía punk que se llamaba Menja bassura, beu vomitat, menja la merda i a sobre estima l’Estat (Come basura, bebe vomitado, come la mierda y encima quiere al Estado). Está todo hecho a mano, dibujado por mí, y es poesía social anarquista.

¿Cómo empezó tu interés por el proceso de escritura de los otros?

Yo soy hija de artistas. Mi abuelo materno fue un pintor surrealista muy conocido, que convivía con el surrealismo. Casa de mis abuelos era una casa de artistas. Estaba Brossa, estaba todo el mundo. Mi abuela trajo Louis Armstrong… Era una casa muy creativa, muy bulliciosa. Yo crecí hablando del proceso de creación de los otros. Mi hermana pinta, mi hermano es fotógrafo, mi padre es músico, mis tíos son diseñadores… Casi todo el mundo hace arte, en casa. A la familia materna, está como mal visto, no hacer arte. Es algo horroroso. Y yo decidí que quería escribir y que quería escribir y que quería escribir.

Y cuando me fui a vivir a México, tuve un novio que era un escritor muy bueno, y a quien ya llevo quince años entrevistando. Entrevista continuada, se llama. Su proceso de creación me fascinó. Todas las cosas que sabía de literatura me fascinaron. Tanto, que decidí hacer una tesis sobre cómo usamos las cosas que no sabemos que sabemos para hacer libros. Y esta es mi primera tesis de la maestría mexicana que equivaldría a un doctorado en España. Con él, durante dos años hicimos un experimento que siempre he pensado que es una de las cosas que más me ha gustado del mundo. Entrevistamos a todas las escritoras y escritores de México que para mí eran referentes, des de Álvaro Mutis hasta Cristina Pacheco, para preguntarlos qué se podía enseñar de la literatura. No sólo qué se podía enseñar a los otros, sino qué podía ser consciente que supiera. Esta investigación duró dos años, y después montamos una escuela de escritores que se llamaba Escuela Dinámica de Escritores en la Casa Refugio que había fundado Rushdie. Estos dos años me abrieron el mundo, totalmente.

Te permitieron mirarte a ti misma con otra perspectiva.

No solo por esto, ya que yo había decidido no publicar. Yo decidí que no publicaría hasta los 35.

¿”Decidiste”?

Sí, desde muy pequeña decidí no publicar nada hasta los 35. Yo escribía, escribía, escribía, y lo tenía todo guardado en casa. Y me lo pedían. Pero yo no los quería publicar, solo quería escribir. Luego, el primer año que publiqué, saqué unos nueve libros.

¿Y por qué no querías publicar?

Porque era muy mala. Era consciente de ello. Sabía que podía encandilar, pero esto me viene de la familia paterna, no es mérito mío. Mi padre era un grandísimo narrador. Pero yo sabía que eso no era una virtud literaria. Entre otras cosas, porque mi padre había querido escribir. Y cuando murió encontré su novela, y era muy mala. Y pensé, esto no sirve. Crecí rodeada de gente con mucha capacidad de hablar, pero muy poca capacidad de escribir. Y quería separar estos dos mundos.

¿De dónde nace tu deseo de narrar?

Yo no tengo mucho deseo de narrar, aunque lo parezca. Sí tengo el deseo de contar historias en voz alta, esto me gusta mucho. Pero a mí me gusta guardar mundos. Me gusta construir tiempo. Me gusta mucho cuando pasa una cosa prodigiosa que solo me ha pasado haciendo literatura: cuando el tiempo y el espacio son una misma cosa. Es como si no tuvieras que hacer nada para ser en el mundo. Escribiendo quiero llegar a esto, a esta sensación que encajas, que es natural. Creo que es lo que nos es propio, acoplarnos al tiempo de alguna manera. Y el arte hace esto, pero no podemos vivir así, en occidente. Y cuando nos pasa, es como “qué fácil es estar en este cuerpo, qué fácil…” Yo quiero vivir así. Quiero estar en este lugar todo el tiempo que pueda. Por eso, a mí, más que explicar historias, me gusta estar allí. Y me gusta que la lectora esté allí, también. Y lo que intento, más que contar una historia, es que la lectora tenga la sensación de estar escribiendo. Que sea naturaleza.

¿Cómo es tu proceso de escritura?

Estoy años pensando una novela. Hay cosas que orbitan y hay un momento en que necesito quedármelas. Creo realmente que somos muy malas perdedoras. Hay un momento en que necesito quedarme aquello y que tenga sentido para mí. Hay cosas, normalmente muy pequeñas, a las cuales les puedes dar toda la importancia del mundo. De repente, son el mundo. Si me pidieran en qué crees de la literatura, yo diría que creo en la metonimia, que es una figura retórica que dice que una parte contiene el todo. Este es mi leitmotiv de vida. Tal como vivo, quiero hacer las cosas pequeñas. Como trataría el mundo es como te trataré a ti. Y escribiendo es un poco lo que me pasa. Hay un momento en que tengo la sensación de haber capturado el mundo. No que lo haya entendido, sino que lo he tocado. Es orgánico. Y eso que he tocado me lo quiero guardar, me lo quiero quedar. Cuando escribo, intento construir aquello que he tocado. El proceso es muy largo, ya que orbita durante mucho tiempo. Cuando lo fuerzo, no me sale. Esto, en psicoanálisis se llama “tocar lo real”. Cuando toco lo real, lo quiero construir. Y luego paso de pensar en ello sin darme cuenta durante mucho tiempo a buscarlo en el mundo: piedras (sé cada piedra qué novela es), tactos… objetos que se asemejen a esta sensación que tengo. Siempre que puedo, antes de escribir hago un álbum, para que lo real tenga un espacio. Después estoy mucho tiempo haciendo el inicio, y en el momento en que lo tengo, todo fluye.

¿Esto es cuando encuentras el tono?

Esto es cuando encuentras el tono, totalmente. Absolutamente. De repente, es como si se te abriera un túnel, y te dicen: “¡Ey, es por aquí!”. Ahora estoy a punto de dejarme caer, pero sé que, si me dejo caer, no haré nada más.

¿Y?

No, está muy bien, pero es que también me gustan mucho las otras cosas que hago: el Campus Mila, el Campus literari, los proyectos por la paz… Me interesa mucho la comunidad. El mundo. Yo sé que esto es un privilegio, y por esto creo, y así lo hago, que tengo la obligación ética de compartirlo. Lo necesito. Crecí con muchos privilegios, y siempre he pensado que la única manera como puedo convivir con el haber nacido con tantos privilegios es creando privilegios para los otros. Si no, estoy muy incómoda. La parte social de la culpa ya la tengo superada, tengo 48 años, ya lo he pasado. Y hay muchas cosas que celebro. He visto del más rico al más miserable. He tenido la suerte de ver todo el abanico, y para mí, el privilegio es este. He visto desde princesas, literalmente, hasta la madre de mi novio, que vendía zapatos en la oficina para comer. Y estoy cómoda en todo el abanico. Bueno, más con la madre de mi novio. Este es el privilegio. Y esto de que tú puedes ser libre, y puedes aprender de ti, y puedes usarte y puedes ser parte del mundo, no solo estar, sino formar parte y sentir que tocas lo real y que te acoplas al tiempo, yo quiero que todo el mundo lo sienta.

¿Por esto creaste el Campus literari?

Por esto lo hago todo. Por esto creé los proyectos por la paz por esto me he dejado educar por gente que se pensaba que yo la tenía que educar a ella, como mis alumnos, las víctimas… Por esto lo hago todo, porque tengo mucha curiosidad por lo que los otros no saben que saben de sí mismos. Y me interesa mucho ver el momento en que se dan cuenta y se apoderan. Recuerdo una vez que fui a Lima a hablar delante de unas niñas muy pobres, y cuando terminé les pregunté: “Y ustedes qué quieren ser?”. Y una niña muy pequeña me dijo: “Yo quiero ser la mejor actriz del Perú”. Y yo le dije: “Y es lo que tienes que ser”. Yo creo mucho en eso. Cuando alguien confía en la vida como para decir “yo puedo ser vida”, yo le doy lo que sea, no para cumplir su sueño, sino para que sea quien es.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba